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miércoles, 11 de agosto de 2010

El negocio acertado


Un campesino llevó su vaca al mercado, donde la vendió por siete escudos. Cuando regresaba a su casa hubo de pasar junto a una charca, y ya desde lejos oyó croar las ranas: «¡cuak, cuak, cuak!».

- ¡Bah! -dijo para sus adentros-. Ésas no saben lo que se dicen. Siete son los que he sacado, y no cuatro-. Al llegar al borde del agua, las increpó:

- ¡Bobas que sois! ¡Qué sabéis vosotras! Son siete y no cuatro.

Pero las ranas siguieron impertérritas: «cuak, cuak, cuak».

- Bueno, si no queréis creerlo los contaré delante de vuestras narices.

Y sacando el dinero del bolsillo, contó los siete escudos, a razón de veinticuatro reales cada uno. Pero las ranas, sin prestar atención a su cálculo, seguían croando: «cuak, cuak, cuak».

- ¡Caramba con los bichos! -gritó el campesino, amoscado-. Puesto que os empeñáis en saberlo mejor que yo, contadlo vosotras mismas.

Y arrojó las monedas al agua, quedándose de pie en espera de que las hubiesen contado y se las devolviesen. Pero las ranas seguían en sus trece, y duro con su «cuak, cuak, cuak», sin devolver el dinero. Aguardó el hombre un buen rato, hasta el anochecer; pero entonces ya no tuvo más remedio que marcharse. Púsose a echar pestes contra las ranas, gritándoles:

- ¡Chapuzonas, cabezotas, estúpidas! ¡Podéis tener una gran boca para gritar y ensordecernos, pero sois incapaces de contar siete escudos! ¿Os habéis creído que aguardaré aquí hasta que hayáis terminado?

Y se marchó, mientras lo perseguía el «cuak, cuak, cuak» de las ranas, por lo que el hombre llegó a su casa de un humor de perros.

Al cabo de algún tiempo compró otra vaca y la sacrificó, calculando que si vendía bien la carne sacaría de ella lo bastante para resarcirse de la pérdida de la otra, y aún le quedaría la piel. Al entrar en la ciudad con la carne, viose acosado por toda una jauría de perros, al frente de los cuales iba un gran lebrel. Saltaba éste en torno a la carne, olfateándola y ladrando: -¡Vau, vau, vau! -Y como se empeñaba en no callar, díjole el labrador:

- Sí, ya te veo, bribón, gritas «vau vau» porque quieres que te dé un pedazo de vaca. ¡Pues sí que haría yo buen negocio!

Pero el perro no replicaba sino «vau, vau, vau».

- ¿Me prometes no comértela y me respondes de tus compañeros?

- Vau, vau -repitió el perro.

- Bueno, puesto que te empeñas, te la dejaré; te conozco bien y sé a quién sirves. Pero una cosa te digo: dentro de tres días quiero el dinero; de lo contrario, lo vas a pasar mal. Me lo llevarás a casa.

Y, descargando la carne, se volvió, mientras los perros se lanzaban sobre ella, ladrando: «vau, vau». Oyéndolos desde lejos, el campesino se dijo: «Todos quieren su parte, pero el grande tendrá que responder».

Transcurridos los tres días, pensó el labrador: «Esta noche tendrás el dinero en el bolsillo, y esta idea lo llenó de contento. Pero nadie se presentó a pagar. «¡Es que no te puedes fiar de nadie!», se dijo, y, perdiendo la paciencia, fuese a la ciudad a pedir al carnicero que le satisficiese la deuda. El carnicero se lo tomó a broma, pero el campesino replicó:

- Nada de burlas, yo quiero mi dinero. ¿Acaso el perro no os trajo hace tres días toda la vaca muerta?

Enojóse el carnicero y, echando mano de una escoba, lo despidió a escobazos.

- ¡Aguardad -gritóle el hombre-, todavía hay justicia en la tierra! -y, dirigiéndose al palacio del Rey, solicitó audiencia.

Conducido a presencia del Rey, que estaba con su hija, preguntóle éste qué le ocurría.

- ¡Ah! -exclamó el campesino-. Las ranas y los perros se quedaron con lo que era mío, y ahora el carnicero me ha pagado a palos-, y explicó circunstanciadamente lo ocurrido.

La princesa prorrumpió en una sonora carcajada, y el Rey le dijo:

- No puedo hacerte justicia en este caso, pero, en cambio, te daré a mi hija por esposa. En toda su vida la vi reírse como ahora, y prometí casarla con quien fuese capaz de hacerla reír. Puedes dar gracias a Dios de tu buena suerte!

- ¡Oh! -replicó el campesino-. No la quiero -, en casa tengo ya una mujer, y con ella me sobra. Cada vez que llego a casa, me parece como si me saliese una de cada esquina.

El Rey, colérico, chilló:

- ¡Eres un imbécil!

- ¡Ah, Señor Rey! -respondió el campesino-. ¡Qué podéis esperar de un asno, sino coces!

- Aguarda -dijo el Rey-, te pagaré de otro modo. Márchate ahora y vuelve dentro de tres días; te van a dar quinientos bien contados.

Al pasar el campesino la puerta, díjole el centinela:

- Hiciste reír a la princesa; seguramente te habrán pagado bien.

- Sí, eso creo -murmuró el rústico-. Me darán quinientos.

- Oye -inquirió el soldado-, podrías darme unos cuantos. ¿Qué harás con tanto dinero?

- Por ser tú, te cederé doscientos -dijo el campesino-. Preséntate al Rey dentro de tres días y te los pagarán.

Un judío, que se hallaba cerca y había oído la conversación, corrió tras el labrador y le dijo, tirándole de la chaqueta:

- ¡Maravilla de Dios, vos sí que nacisteis con buena estrella! os cambiaré el dinero en moneda de vellón. ¿Qué haríais vos con los escudos en pieza?

- Trujamán -contestó el campesino-, puedes quedarte con trescientos. Cámbiamelos ahora mismo, y dentro tres días, el Rey te los pagará.

El judío, contento del negociete, diole la cantidad en moneda de cobre, ganándose uno por cada tres. Al expirar el plazo, el campesino, obediente a la orden recibida, se presentó ante el Rey.

- Quitadle la chaqueta -mandó éste-, va a recibir los quinientos prometidos.

- ¡Oh! -dijo el hombre-, ya no son míos: doscientos los regalé al centinela, y los trescientos restantes me los cambió un judío, así que no me toca ya nada.

Presentáronse entonces el soldado y el judío a reclamar lo que les ofreciera el campesino, y recibieron en las espaldas los azotes correspondientes. El soldado los sufrió con paciencia; ya los había probado en otras ocasiones. Pero el judío todo era exclamarse:

- ¡Ay! ¿Esto son los escudos?

El Rey no pudo por menos de reírse del campesino y, calmado su enojo, le dijo:

- Puesto que te has quedado sin recompensa, te daré una compensación. Ve a la cámara del tesoro y llévate todo el dinero que quieras.

El hombre no se lo hizo repetir y se llenó los bolsillos a reventar; luego entró en la posada y se puso a contar el dinero. El judío, que lo había seguido, oyólo que refunfuñaba:

- Este pícaro de Rey me ha jugado una mala pasada; ¿No podía darme él mismo el dinero, y ahora sabría yo cuánto tengo? En cambio, ahora, ¿quién me dice que lo que he cogido, a mi talante, es lo que me tocaba?

«¡Dios nos ampare! -dijo para sus adentros el judío-. ¡Este hombre murmura de nuestro Rey! Voy a denunciarlo; de este modo me darán una recompensa y encima lo castigarán».

Al enterarse el Rey de los improperios del campesino, montó en cólera y mandó al judío que fuese en su busca y se presentase con él en palacio. Corrió el judío en busca del labrador:

- Debéis comparecer inmediatamente ante el Rey -le dijo-; así, tal como estáis.

- Yo sé mejor lo que debo hacer -respondió el campesino-. Antes tengo que encargarme una casaca nueva. ¿Crees que un hombre con tanto dinero en los bolsillos puede ir hecho un desharrapado?

El judío, al ver que no lograría arrastrar al otro sin una chaqueta nueva y temiendo que al Rey se le pasara el enfado y, con él, se esfumara su premio y el castigo del otro, dijo:

- Os prestaré por unas horas una hermosa casaca; y conste que lo hago por pura amistad. ¡Qué no hace un hombre por amor!

Avínose el labrador y, poniéndose la casaca del judío, fuese con él a palacio. Reprochóle el Rey los denuestos que, según el judío, le había dirigido.

- ¡Ay! -exclamó el campesino-. Lo que dice un judío es mentira segura. ¿Cuándo se les ha oído pronunciar una palabra verdadera? ¡Este individuo sería capaz de sostener que la casaca que llevo es suya!

- ¿Cómo? -replicó el judío-. ¡Claro que lo es! ¿No acabo de prestárosla por pura amistad, para que pudierais presentaros dignamente ante el Señor Rey?

Al oírlo el Rey, dijo:

- Fuerza es que el judío engañe a uno de los dos: al labrador o a mí.

Y mandó darle otra azotaina en las costillas, mientras el campesino se marchaba con la buena casaca y el dinero en los bolsillos, diciendo:

- Esta vez he acertado.

El fiel Juan


Érase una vez un anciano Rey, se sintió enfermo y pensó: Sin duda es mi lecho de muerte éste en el que yazgo. Y ordenó: “Que venga mi fiel Juan.” Era éste su criado favorito, y le llamaban así porque durante toda su vida había sido fiel a su señor. Cuando estuvo al pie de la cama, díjole el Rey: “Mi fidelísimo Juan, presiento que se acerca mi fin, y sólo hay una cosa que me atormenta: mi hijo. Es muy joven todavía, y no siempre sabe gobernarse con tino. Si no me prometes que lo instruirás en todo lo que necesita saber y velarás por él como un padre, no podré cerrar los ojos tranquilo.” - “Os prometo que nunca lo abandonaré,” le respondió el fiel Juan, “lo serviré con toda fidelidad, aunque haya de costarme la vida.” Dijo entonces el anciano Rey: “Así muero tranquilo y en paz.” Y prosiguió: “Cuando yo haya muerto enséñale todo el palacio, todos los aposentos, los salones, los soterrados y los tesoros guardados en ellos. Pero guárdate de mostrarle la última cámara de la galería larga, donde se halla el retrato de la princesa del Tejado de Oro, pues si lo viera, se enamoraría perdidamente de ella, perdería el sentido, y por su causa se expondría a grandes peligros; así que guárdalo de ello.” Y cuando el fiel Juan hubo renovado la promesa a su Rey, enmudeció éste y, reclinando la cabeza en la almohada, murió.

Llevado ya a la sepultura el cuerpo del anciano Rey, el fiel Juan dio cuenta a su joven señor de lo que prometiera a su padre en su lecho de muerte, y añadió: “Lo cumpliré puntualmente y te guardaré fidelidad como se la guardé a él, aunque me hubiera de costar la vida.” Celebráronse las exequias, pasó el período de luto, y entonces el fiel Juan dijo al Rey: “Es hora de que veas tu herencia; voy a mostrarte el palacio de tu padre.” Y lo acompañó por todo el palacio, arriba y abajo, y le hizo ver todos los tesoros y los magníficos aposentos; sólo dejó de abrir el que guardaba el peligroso retrato. Éste se hallaba colocado de tal modo que se veía con sólo abrir la puerta, y era de una perfección tal que parecía vivir y respirar, y que en el mundo entero no podía encontrarse nada más hermoso ni más delicado. Pero al joven Rey no se le escapó que el fiel Juan pasaba muchas veces por delante de esta puerta sin abrirla, y, al fin, le preguntó: “¿Por qué no la abres nunca?” - “Es que en esta pieza hay algo que te causaría espanto,” respondióle el criado. Mas el Rey le replicó: “He visto todo el palacio y quiero también saber lo que hay ahí dentro, y, dirigiéndose a la puerta, trató de forzarla.” El fiel Juan lo retuvo y le dijo: “Prometí a tu padre, antes de morir, que no verías lo que hay en este cuarto; nos podría traer grandes desgracias, a ti y a mí.” - “Al contrario,” replicó el joven Rey. “Si no entro, mi perdición es segura. No descansaré ni de día ni de noche hasta que lo haya contemplado con mis propios ojos. No me muevo de aquí hasta que me abras esta puerta.”

Entonces comprendió el fiel Juan que no había otro remedio, y con el corazón en el puño y muchos suspiros sacó la llave del gran manojo. Cuando tuvo la puerta abierta, entró el primero con intención de tapar el cuadro, para que el Rey no lo viera. Pero, ¿de qué le sirvió? El Rey, poniéndose de puntillas, miró por encima de su hombro, y al ver el retrato de la doncella, resplandeciente de oro y piedras preciosas, cayó al suelo sin sentido. Levantólo el fiel Juan y lo llevó a su cama, pensando. con gran angustia: “El mal está hecho. ¡Dios mío! ¿Qué pasará ahora?” Y le dio vino para reanimarlo. Vuelto en sí el Rey, sus primeras palabras fueron: “¡Ay!, ¿de quién es este retrato tan hermoso?” - “Es la princesa del Tejado de Oro,” respondióle el fiel criado. Y el Rey: “Es tan grande mi amor por ella, que si todas las hojas de los árboles fuesen lenguas, no bastarían para expresarle. Mi vida pondré en juego para alcanzarla, y tú, mi leal Juan, debes ayudarme a conseguirlo.”

El fiel criado estuvo cavilando largo tiempo sobre la manera de emprender el negocio. pues sólo el llegar a presencia de la princesa era ya muy difícil. Finalmente, se le ocurrió un medio, y dijo a su señor: “Todo lo que tiene a su alrededor es de oro: mesas, sillas, fuentes, vasos, tazas y todo el ajuar de la casa. En tu tesoro hay cinco toneladas de oro,” manda que den una a los orfebres del reino, y con ella fabriquen toda clase de vasos y utensilios, toda suerte de aves, alimañas y animales fabulosos; esto le gustará; con ello nos pondremos en camino, a probar fortuna.” El Rey hizo venir a todos los orfebres del país, los cuales trabajaron sin descanso hasta terminar aquellos preciosos objetos. Luego fue cargado todo en un barco, y el fiel Juan y el Rey se vistieron de mercaderes para no ser conocidos de nadie. Luego se hicieron a la mar, y navegaron hasta arribar a la ciudad donde vivía la princesa del Tejado de Oro.

El fiel Juan pidió al Rey que permaneciese a bordo y aguardase su vuelta: “A lo mejor vuelvo con la princesa,” dijo. “Procurarás, pues, que todo esté bien dispuesto y ordenado, los objetos de oro a la vista y el barco bien empavesado.” Se llenó el cinto de toda clase de objetos preciosos, desembarcó y encaminóse al palacio real. Al entrar en el patio vio junto al pozo a una hermosa muchacha ocupada en llenar de agua dos cubos de oro. Al volverse para llevarse el agua que reflejaba los destellos del oro, vio al extranjero y le preguntó quién era. Respondióle éste: “Soy un mercader,’ y, abriendo su cinturón, le mostró lo que contenía. “¡Oh, qué lindo!” exclamó ella, y, dejando los cubos en el suelo, se puso a examinar las joyas una por una. Luego dijo: “Es necesario que la princesa lo vea; le gustan tanto las cosas de oro, que, sin duda, os las comprará todas.” Y, cogiendo al hombre de la mano, condújolo al interior del palacio, pues era la camarera principal. Cuando la hija del Rey vio aquellas maravillas, se puso muy contenta y exclamó: “Está tan primorosamente trabajado, que te lo compro todo.” A lo que respondió el fiel Juan: “Yo no soy sino el criado de un rico mercader. No es nada lo que traigo aquí en comparación de lo que mi amo tiene en el barco: lo más bello y precioso que jamás se haya hecho en oro.” Pidióle ella que se lo llevaran a palacio, pero él contestó: “Hay tantísimas cosas, que precisarían muchos días y más salas que vuestro palacio tiene.” Estas palabras sólo sirvieron para estimular la curiosidad de la princesa, la cual dijo al fin: “Acompáñame al barco, quiero ir yo misma a ver los tesoros de tu amo.”

El fiel Juan, muy contento, la condujo entonces al barco, y cuando el Rey la vio, parecióle que su hermosura era todavía mayor que la del retrato, y el corazón empezó a latirle con tal violencia que se lo sentía a punto de estallar. Subió la princesa a bordo, y el Rey la acompañó al interior de la nave; pero el fiel Juan se quedó junto al piloto y le dio orden de zarpar: “¡Despliega todas las velas, para que el barco vuele más veloz que un pájaro!” Entretanto, el Rey mostraba a la princesa la vajilla de oro, pieza por pieza: fuentes, vasos y tazas, así como las aves y los animales silvestres y prodigiosos. Transcurrieron muchas horas así, y la princesa, absorta y arrobada, no se dio cuenta de que el barco se había hecho a la mar. Cuando ya lo hubo contemplado todo, dio las gracias al mercader y se dispuso a regresar a palacio, pero al subir a cubierta vio que estaba muy lejos de tierra y que el buque navegaba a toda vela: “¡Ay de mí!” exclamó. “¡Me han traicionado, me han raptado! ¡Estoy en manos de un mercader! ¡Mil veces morir!” Pero el Rey, tomándole la mano, le dijo: “Yo no soy un comerciante, sino un Rey, y de nacimiento no menos ilustre que el tuyo. Si te he raptado con un ardid, ha sido por el inmenso amor que te tengo. Es tan grande, que la primera vez que vi tu retrato caí al suelo sin sentido.” Estas palabras apaciguaron a la princesa, y como ya sentía afecto por el Rey, aceptó de buen grado ser su esposa.

Ocurrió, empero, mientras se hallaban aún en alta mar, que el fiel Juan, sentado en la proa del barco tocando un instrumento musical, vio en el aire tres cuervos que llegaban volando. Dejó entonces de tocar y se puso a escuchar su conversación, pues entendía su lenguaje. Dijo uno: “¡Fíjate! se lleva a su casa a la princesa del Tejado de Oro.” - “Sí,” respondió el segundo. “Pero aún no es suya.” Y el tercero: “¿Cómo que no es suya? Si va con él en el barco.” Volviendo a tomar la palabra el primero, dijo: “¡Qué importa! En cuanto desembarquen se le acercará al trote un caballo pardo, y él querrá montarlo; pero si lo hace, volarán ambos por los aires, y nunca más volverá el Rey a ver a su princesa.” Dijo el segundo: “¿Y no hay ningún remedio?” - “Sí, lo hay: si otro se adelanta a montarlo y, con una pistola que va en el arzón del animal, lo mata de un tiro. Sólo de ese modo puede salvarse el Rey; pero, ¿quién va a saberlo? Y si alguien lo supiera y lo revelara, quedaría convertido en piedra desde las puntas de los pies hasta las rodillas.” Habló entonces el segundo: “Todavía sé más. Aunque maten el caballo, tampoco tendrá el Rey a su novia. Cuando entren juntos en palacio, encontrarán en una bandeja una camisa de boda, que parecerá tejida de oro y plata, pero que en realidad será de azufre y pez. Si el Rey se la pone, se consumirá y quemará hasta la medula de los huesos.” Preguntó el tercero: “¿Y no hay ningún remedio?” - “Sí, lo hay,” contestó el otro. “Si alguien coge la camisa con guantes y la arroja al fuego, el Rey se salvará. ¡Pero eso de qué sirve! Si alguno lo sabe y lo dice al Rey, quedará convertido en piedra desde las rodillas hasta el corazón.” Intervino entonces el tercero: “Pues yo sé más todavía. Aunque se queme la camisa, tampoco el Rey tendrá a su novia. Cuando, terminada la boda, empiece la danza y la joven reina salga a bailar, palidecerá de repente y caerá como muerta. Si no acude nadie a levantarla enseguida y no le sorbe del pecho derecho tres gotas de sangre y las vuelve a escupir inmediatamente, la reina morirá. Pero quien lo sepa y lo diga quedará convertido en estatua de piedra, desde la punta de los pies a la coronilla.” Después de haber hablado así, los cuervos remontaron el vuelo, y el fiel Juan, que lo había oído y comprendido todo, permaneció desde entonces triste y taciturno; pues si callaba, haría desgraciado a su señor, y si hablaba, lo pagaría con su propia vida. Finalmente, se dijo, para sus adentros: “Salvaré a mi señor, aunque yo me pierda.”

Al desembarcar sucedió lo que predijera el cuervo. Un magnífico alazán acercóse al trote: “¡Ea!” exclamó el Rey. “Este caballo me llevará a palacio.” Y se disponía a montarlo cuando el fiel Juan, anticipándose, subióse en él de un salto y, sacando la pistola del arzón, abatió al animal de un tiro. Los servidores del Rey, que tenían ojeriza al fiel Juan, prorrumpieron en gritos: “¡Qué escándalo! ¡Matar a un animal tan hermoso, que debía conducir al Rey a palacio!” Pero el monarca dijo: “Callaos y dejadle hacer. Es mi fiel Juan. Él sabrá por qué lo hace.” Al llegar al palacio y entrar en la sala, puesta en una bandeja, apareció la camisa de boda, resplandeciente como si fuese tejida de oro y plata. El joven Rey iba ya a cogerla, pero el fiel Juan, apartándolo y cogiendo la prenda con manos enguantadas, la arrojó rápidamente al fuego y estuvo vigilando hasta que la vio consumida. Los demás servidores volvieron a desatarse en murmuraciones: “¡Fijaos, ahora ha quemado la camisa de boda del Rey!” Pero éste dijo: “¡Quién sabe por qué lo hace! Dejadlo, que es mi fiel Juan.” Celebróse la boda, y empezó el baile. La novia salió a bailar; el fiel Juan no la perdía de vista, mirándola a la cara. De repente palideció y cayó al suelo como muerta. Juan se lanzó sobre ella, la cogió en brazos y la llevó a una habitación; la depositó sobre una cama, y, arrodillándose, sorbió de su pecho derecho tres gotas de sangre y las escupió seguidamente. Al instante recobró la Reina el aliento y se repuso; pero el Rey, que había presenciado la escena y desconocía los motivos que inducían al fiel Juan a obrar de aquel modo, gritó lleno de cólera: “¡Encerradlo en un calabozo!” Al día siguiente, el leal criado fue condenado a morir y conducido a la horca. Cuando ya había subido la escalera, levantó la voz y dijo: “A todos los que han de morir se les concede la gracia de hablar antes de ser ejecutados. ¿No se me concederá también a mí este derecho?” - “Sí,” dijo el Rey. “Te lo concedo.” Entonces el fiel Juan habló de esta manera: “He sido condenado injustamente, pues siempre te he sido fiel.” Y explicó el coloquio de los cuervos que había oído en alta mar y cómo tuvo que hacer aquellas cosas para salvar a su señor. Entonces exclamó el Rey: “¡Oh, mi fidelísimo Juan! ¡Gracia, gracia! ¡Bajadlo!” Pero al pronunciar la última palabra, el leal criado había caído sin vida, convertido en estatua de piedra.

El Rey y la Reina se afligieron en su corazón. “¡Ay de mí!” se lamentaba el Rey. “¡Qué mal he pagado su gran fidelidad!” Y, mandando levantar la estatua de piedra, la hizo colocar en su alcoba, al lado de su lecho. Cada vez que la miraba, no podía contener las lágrimas, y decía: “¡Ay, ojalá pudiese devolverte la vida, mi fidelísimo Juan!” Transcurrió algún tiempo y la Reina dio a luz dos hijos gemelos, que crecieron y eran la alegría de sus padres. Un día en que la Reina estaba en la iglesia y los dos niños se habían quedado jugando con su padre, miró éste con tristeza la estatua de piedra y suspiró: “¡Ay, mi fiel Juan, si pudiese devolverte la vida!” Y he aquí que la estatua comenzó a hablar, diciendo: “Sí, puedes devolverme a vida, si para ello sacrificas lo que más quieres.” A lo que respondió el Rey: “¡Por ti sacrificaría cuanto tengo en el mundo!” - “Siendo así,” prosiguió la piedra, “corta con tu propia mano la cabeza a tus hijos y úntame con su sangre. ¡Sólo de este modo volveré a vivir!” Tembló el Rey al oír que tenía que dar muerte a sus queridos hijitos; pero al recordar la gran fidelidad de Juan, que había muerto por él, desenvainó la espada y cortó la cabeza a los dos niños. Y en cuanto hubo rociado la estatua con su sangre, animóse la piedra y el fiel Juan reapareció ante él, vivo y sano, y dijo al Rey: “Tu abnegación no quedará sin recompensa,” y, cogiendo las cabezas de los niños, las aplicó debidamente sobre sus cuerpecitos y untó las heridas con su sangre. En el acto quedaron los niños lozanos y llenos de vida, saltando y jugando como si nada hubiese ocurrido. El Rey estaba lleno de contento. Cuando oyó venir a la Reina, ocultó a Juan y a los niños en un gran armario. Al entrar ella, díjole: “¿Has rezado en la iglesia?” - “Sí,” respondió su esposa, “pero constantemente estuve pensando en el fiel Juan, que sacrificó su vida por nosotros.” Dijo entonces el Rey: “Mi querida esposa, podemos devolverle la vida, pero ello nos costará sacrificar a nuestros dos hijitos.” Palideció la Reina y sintió una terrible angustia en el corazón; sin embargo, dijo: “Se lo debemos, por su grandísima lealtad.” El rey, contento al ver que su esposa pensaba como él, corrió al armario y, abriéndolo, hizo salir a sus dos hijos y a Juan, diciendo: “¡Loado sea Dios; está salvado y hemos recuperado también a nuestros hijitos!” Y le contó todo lo sucedido. Y desde entonces vivieron juntos y felices hasta la muerte.

El lobo y los siete cabritillos

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. “Hijas mías,” les dijo, “me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.” Las cabritas respondieron: “Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila.” Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo: “Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.” Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. “No te abriremos,” exclamaron, “no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.” Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta: “Abrid hijitas,” dijo, “vuestra madre os trae algo a cada una.” Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: “No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!” Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: “Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta.” Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero: “Échame harina blanca en el pie,” díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: “Si no lo haces, te devoro.” El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: “Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.” Las cabritas replicaron: “Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.” La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: “Madre querida, estoy en la caja del reloj.” Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: “Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme.” Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

“¿Qué será este ruido
que suena en mi barriga?
Creí que eran seis cabritas,
mas ahora me parecen chinitas.”

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: “¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!” Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.


Cuento del que fue a aprender lo que era el miedo

Había una vez un padre que tenía dos hijos, el mayor de los dos era listo y prudente, y podía hacer cualquier cosa. Pero el joven, era estúpido y no podía aprender ni entender nada, y cuando la gente lo veía pasar decían:

- Este chico dará problemas a su padre. -

Cuando había que hacer algo, era siempre el hermano mayor el que tenía que hacerlo, pero si su padre le mandaba a traer algo cuando era tarde o en mitad de la noche, y el camino le conducía a través del cementerio o algún otro sombrío lugar, contestaba:

- ¡Oh no padre!, no iré, me causa pavor. - Ya que tenía miedo.

Cuando se contaban historias alrededor del fuego que ponían la carne de gallina, los oyentes algunas veces decían:

- ¡Me da miedo! -

El chico se sentaba en una esquina y escuchaba como los demás, pero no podía imaginar lo que era tener miedo:

- Siempre dicen: "Me da miedo" o "Me causa pavor". - pensaba -Esa debe ser una habilidad que no comprendo. -

Ocurrió que el padre le dijo un día al muchacho:

- Escúchame con atención, te estás haciendo grande y fuerte, y debes aprender algo que te permita ganarte el pan. -

- Bien padre, - respondió el joven - la verdad es que hay algo que quiero aprender, si se puede enseñar. Me gustaría aprender a tener miedo, no entiendo del todo lo que es eso.-

El hermano mayor sonrió al escuchar aquello y pensó: "Dios santo, que cabeza de adoquín es este hermano mío. Nunca servirá para nada.

El padre suspiró y le respondió: - pronto aprenderás a tener miedo, pero no vivirás de eso.-

Poco después el sacristán fue a la casa de visita y el padre le expuso su problema, contándole que su hijo menor estaba tan retrasado en cualquier cosa que no sabía ni aprendía nada. -Fíjate - le dijo el padre - cuando le pregunté cómo iba a ganarse la vida me dijo que quería aprender a tener miedo.-

- Si eso es todo. - respondió el sacristán - puede aprenderlo conmigo. Mándamelo y lo despabilaré pronto-

El padre estaba contento de enviar a su hijo con el sacristán por que pensaba que aquello serviría para entrenar al chico. Entonces el sacristán tomó al chico bajo su tutela en su casa y tenía que hacer sonar la campana de la iglesia. A los dos días el sacristán lo despertó a media noche, y lo hizo levantarse para ir a la torre de la iglesia y tocar la campana.

"Pronto aprenderás lo que es tener miedo" pensaba el sacristán. Este sin que el chico se diese cuenta, se le adelantó y subió a la torre. Cuando el chico estaba en lo alto de la torre y se dio la vuelta para coger la cuerda de la campana vio una figura blanca de pie en las escaleras al otro lado del pozo de la torre.

- ¿Quién está ahí?- gritó el chico, pero la figura no respondió ni se movió.

- Responde, - gritó el chico - o vete. No se te ha perdido nada aquí por la noche. -

El sacristán, sin embargo, continuó de pie inmóvil para que el chico pensara que era un fantasma. El chico gritó por segunda vez:

- ¿Qué haces aquí?. Di si eres honrado o de lo contrario te tiraré por las escaleras.-



El sacristán pensó que era un farol así que no hizo ningún ruido y permaneció quieto como una estatua de piedra. Entonces el chico le avisó por tercera vez y como no sirvió de nada, se lanzó contra él y empujó al fantasma escaleras abajo. El "fantasma" rodó diez escalones y se quedó tirado en una esquina. Entonces el chico hizo sonar la campana, se fue a casa, y sin decir una palabra se fue a la cama y se durmió. La esposa del sacristán estuvo esperando a su marido un buen rato, pero no regresó. Al rato se inquietó y despertó al chico. Le preguntó:

-¿Sabes donde está mi marido? Subió a la torre antes que tú. -

- No lo sé. - respondió el chico - Pero alguien estaba de pie al otro lado del pozo de la torre, y como no me respondía ni se iba, lo tomé por un ladrón y lo tiré por las escaleras. Ve a ver si era él, sentiría que así fuese.-

La mujer salió corriendo y encontró a su marido quejándose en la esquina con una pierna rota. Lo llevó abajo y luego llorando se apresuró a ver al padre del chico.

- Tu hijo, - gritaba ella - ha sido el causante de un desastre. Ha tirado a mi marido por las escaleras de forma que se ha roto una pierna. Llévate a ese inútil de nuestra casa. -

El padre estaba aterrado y corrió a regañar al muchacho: -¿Qué broma perversa es esta?, el Demonio debe habértela metido en la cabeza. -

- Padre, - respondió - escúchame. Soy inocente. Él estaba allí de pie en mitad de la noche como si fuese a hacer algo malo. No sabía quien era y le dije que hablara o se fuera tres veces. -

-¡Ah!- dijo el padre - sólo me traes disgustos. Vete de mi vista, no quiero verte más.-

- Sí padre, como desees, pero espera a que sea de día. Entonces partiré para aprender lo que es tener miedo, y entonces aprenderé un oficio que me permita mantenerme. -

- Aprende lo que quieras, - dijo el padre - me da igual. Aquí tienes cincuenta monedas para ti. Cógelas y vete por el mundo entero, pero no le digas a nadie de donde procedes, ni quién es tu padre. Tengo razones para estar avergonzado de ti. -

- Si, padre, se hará como deseas. Si no quieres nada más que eso, puedo recordarlo fácilmente. -

Así que al amanecer, el chico se metió las cincuenta monedas en el bolsillo y se alejó por el camino principal diciéndose continuamente: - Si pudiera tener miedo, si supiera lo que es temer...-

Un hombre se acercó y escuchó el monólogo que mantenía el joven, y cuando habían caminado un poco más lejos, donde se veían los patíbulos, el hombre le dijo: - Mira, ahí está el árbol donde siete hombres se han casado con la hija del soguero , y ahora están a prendiendo a volar. Siéntate cerca del árbol y espera al anochecer, entonces aprenderás a tener miedo.-

- Si eso es todo lo que hay que hacer, es fácil. - contestó el joven -Pero si aprendo a tener miedo tan rápido , te daré mis cincuenta monedas. Vuelve mañana por la mañana temprano. -

Entonces el joven se fue el patíbulo, se sentó al lado y esperó hasta el atardecer. Como tenía frío encendió un fuego , pero a media noche el viento soplaba tan fuerte que a pesar del fuego no podía calentarse. Y como el viento hacía chocar a los ahorcados entre sí y se balanceaban de un lado para otro, pensó: "Si yo tiemblo aquí junto al fuego, cuánto deben frío deben estar sufriendo estos que están arriba".

Como le daban pena, levantó la escalera, subió y uno a uno los fue desatando y bajando. Entonces avivó el fuego y los dispuso a todos alrededor para que se calentasen. Pero estuvieron sentados sin moverse y el fuego prendió sus ropas. Así que el muchacho les dijo: - Tened cuidado u os subiré otra vez.-



Los ahorcados no le escucharon y permanecieron en silencio dejando que sus harapos se quemaran.

Eso hizo que el joven es enfadara, y dijo: - si no queréis tener cuidado, no puedo ayudaros, no me quemaré con vosotros. - y volvió a subirlos a todos a su sitio. Después se sentó junto al fuego y se quedó dormido. A la mañana siguiente el hombre vino para obtener sus cincuenta monedas, le dijo: - Bien, ahora sabes lo que es tener miedo. -

- No, - contestó el muchacho - ¿cómo quiere que lo sepa si esos tipos de ahí arriba no han abierto la boca?, y son tan estúpidos que dejan que los pocos y viejos harapos que llevan encima se quemen. -

El hombre, viendo que ese día no iba a conseguir las cincuenta monedas, se alejó diciendo:- Nunca me había encontrado con un joven así. -

El joven continuó su camino y una vez más comenzó a mascullar: - Si pudiera tener miedo... -

Un carretero que andaba a grandes zancadas tras él lo escuchó y le preguntó: -¿quién eres?. -

- No lo sé. - respondió el joven.

Entonces el carretero preguntó: -¿De donde eres?. -

- No lo sé.- respondió el muchacho.

-¿Quién es tu padre?- insistió.

- No puedo decírtelo. - respondió el chico.

-¿qué es eso que estás siempre murmurando entre dientes?. - preguntó el carretero.

- Ah, - respondió el joven - me gustaría aprender a tener miedo, pero nadie puede enseñarme. -

- Deja de decir tonterías. - dijo el carretero -Vamos, ven conmigo y encontraré un sitio para ti. -

El joven fue con el carretero y al atardecer llegaron a una posada donde pararon a pasar la noche. A la entrada del salón el joven dijo en alto: - Si pudiera temer... -

El posadero lo escuchó y riendo dijo: - si eso es lo que quiere puede que aquí encuentres una buena oportunidad. -

- Cállate, - dijo la posadera - muchos entrometidos ya han perdido su vida, sería una pena y una lástima si unos ojos tan bonitos no volviesen a ver la luz del día. -

Pero el muchacho dijo: - No importa lo difícil que sea, aprenderé. Es por eso que he viajado tan lejos.- Y no dejó en paz al posadero hasta que al final le contó que no lejos de allí se levantaba un castillo encantado donde cualquiera podría aprender con facilidad lo que era tener miedo, si podía permanecer allí durante tres noches. El rey había prometido que cualquiera que lo consiguiese tendría la mano de su hija que era la mujer más hermosa sobra la que había brillado el Sol. Por otro lado en el castillo se encuentra un gran tesoro guardado por malvados espíritus. Ese tesoro sería liberado y harían rico a cualquiera. Algunos hombres ya lo han intentado, pero todavía ninguno ha salido.

A la mañana siguiente el joven fue a ver al rey y le dijo: - Si se me permite, desearía pasar tres noches en el castillo encantado. -

El rey le observó y como el joven le agradaba le dijo: - Puedes pedir tres cosas para llevarlas contigo al castillo, pero han de ser tres objetos inanimados. -

Entonces el chico contestó: - Pues quiero un fuego, un torno y una tabla para cortar con el cuchillo. - EL rey hizo llevar esas cosas al castillo durante el día. Cuando se acercaba la noche, el joven fue al castillo y encendió un brillante fuego en una de las salas, puso la tabla y el cuchillo a su lado y se sentó junto al torno. - Si pudiera tener miedo, - decía - pero tampoco lo aprenderé aquí. -

Hacia medianoche estaba atizando el fuego, y mientras le soplaba, algo gritó de repente desde una esquina: - Miau, miau. Tenemos frío. -

- Tontos, - respondió él - por qué os quejáis. Si tenéis frío venid a sentaros junto al fuego y calentaros. -

Cuando dijo esto dos enormes gatos negros salieron dando un tremendo salto y se sentaron cada uno a un lado del joven. Los gatos lo observaban con mirada fiera y salvaje. Al poco, cuando entraron en calor, dijeron: - Camarada, juguemos a las cartas. -

- ¿Por qué no?. - contestó el chico - Pero primero enseñadme vuestras zarpas. -

Los gatos sacaron las garras. -¡Oh!, - dijo él - tenéis las uñas muy largas. Esperad que os las corto en un momento. -

Entonces los cogió por el pescuezo los puso en la tabla para cortar y les ató las patas rápidamente.

- Después de veros los dedos, - dijo - se me han pasado las ganas de jugar a las cartas. -

Luego los mató y los tiró fuera al agua. Pero cuando se había desecho de ellos e iba a sentarse junto al fuego, de cada agujero y esquina salieron gatos y perros negros con cadenas candentes, y siguieron saliendo hasta que no se pudo mover. Aullaban horriblemente, desparramaron el fuego y trataron de apagarlo. El joven los observó tranquilamente durante unos instantes, pero cuando se estaban pasando de la raya, cogió el cuchillo y gritó:

- Fuera de aquí sabandijas. - y comenzó a acuchillarlos. Algunos huyeron, mientras que los que mató los lanzó al foso. Entonces volvió y atizó las ascuas del fuego y entró en calor. Cuando terminó no podía mantener los ojos abiertos y le entró sueño. Miró a su alrededor y vio una enorme cama en un rincón.



- Justo lo que necesitaba.- dijo y se metió en ella. Justo cuando iba a cerrar los ojos la cama empezó a moverse por sí misma y le llevó por todo el castillo.

- Esto está muy bien, - dijo - pero ve más rápido. - Entonces la cama rodó como si seis caballos tiraran de ella, arriba y abajo, por umbrales y escaleras. Pero de repente giró sobre sí misma y cayó sobre él como una montaña. Lanzando al aire edredones y almohadas salió y dijo: - Hoy en día dejan conducir a cualquiera. - Luego se tumbó junto a su fuego y durmió hasta la mañana siguiente.

A la mañana siguiente el rey fue a verle y cuando lo vio tirado en el suelo, pensó que los espíritus lo habían matado. Dijo: - Después de todo es una pena, un hombre tan apuesto... -

El joven lo escuchó, se levantó, y dijo: - No es para tanto. -

El rey estaba perplejo, pero muy feliz, y le preguntó cómo le había ido. - La verdad es que bastante bien. - dijo - Ya ha pasado una noche, las otras dos serán del mismo estilo.-

Fue a ver al posadero, quien poniendo los ojos como platos dijo: - Nunca esperé volverte a ver con vida. ¿Ya has aprendido a tener miedo?-

- No, - respondió - es inútil. Si alguien me lo pudiera explicar. -

La segunda noche volvió al viejo castillo, se sentó junto al fuego y una vez más comenzó su cantinela: - Si pudiera tener miedo, si pudiera tener miedo... -

A medianoche se escuchó alrededor un gran alboroto que parecía como si el castillo se viniera abajo. Al principio se escuchaba bajo, pero fue creciendo más y más. De repente todo quedó en silencio y al rato con un gran grito, medio hombre cayó por la chimenea justo delante de él.

- Hey, - gritó el joven - falta la mitad. Con esto no es suficiente.- Entonces el alboroto comenzó de nuevo, se escucharon rugidos y gemidos y la otra mitad cayó también.

- Tranquilo, - dijo el joven - voy a avivarte el fuego. -

Cuando había terminado y miró alrededor, las dos piezas se habían unido y hombre espantoso estaba sentado en su sitio.

- Eso no entraba en el trato, - dijo él - ese banco es mío. -

El hombre intentó empujarle, pero el joven no lo permitió, así que lo echó con todas sus fuerzas y se sentó en su sitio.

Más hombres cayeron por la chimenea uno detrás de otro, cogieron nueve piernas humanas y dos calaveras y las dispusieron para jugar a los bolos. El joven también quería jugar: - Escuchadme, ¿Puedo jugar? -

- Si tienes dinero, sí. - respondieron ellos.-

- Si que lo tengo. - respondió - Pero vuestras bolas no son demasiado redondas. -

Cogió las calaveras, las puso en el torno y las redondeó. -Así, - dijo - ahora rodarán mucho mejor.-

- Hurra, - dijeron los hombres - ahora nos divertiremos. -

Jugó con ellos y perdió algo de dinero, pero cuando dieron las doce todo desapareció de su vista. Se acostó y se quedó dormido. A la mañana siguiente el rey fue a ver como estaba: - ¿cómo te ha ido esta vez?- le preguntó.

- He estado jugando a los bolos, - respondió - y he perdido un par de monedas. -

- Entonces no has tenido miedo? - preguntó el rey.

-¿Qué?- dijo - Si me lo he pasado estupendamente. He hecho de todo menos saber lo que es tener miedo. -

La tercera noche se sentó en su banco y entristecido dijo: - Si pudiera tener miedo...-

Cuando se hizo tarde, seis hombres muy altos entraron trayendo consigo un ataúd. Le dijeron al joven:

- Ja, ja, ja. Es mi primo, que murió hace unos días.- y llamó con los nudillos en el ataúd - Sal, primo, sal. -



Pusieron el ataúd en el suelo, abrieron la tapa y se vio un cadáver tumbado en su interior. El joven le tocó la cara pero estaba fría como el hielo. - Espera, - dijo - te calentaré un poco- Se fue al fuego, se calentó las manos y las puso en la cara del difunto, pero esta continuó fría. Lo sacó del ataúd, lo sentó junto al fuego y lo apoyó en su pecho frotándole los brazos para que la sangre circulara de nuevo. Como esto tampoco funcionaba, pensó: " cuando dos personas se meten en la cama se dan calor mutuamente". Así que se lo llevó a la cama, lo tapó y se tumbó junto a él. Al rato el cadáver entró en calor y comenzó a moverse.

El joven el dijo:- ¿Ves primo como te he hecho entrar en calor?. -

Sin embargo el cadáver se levantó y dijo: - Te estrangularé. -

-¿Cómo?, - dijo el joven - ¿Así me lo agradeces? Pues te vas a ir a tu ataúd ahora mismo. -

Y lo cogió en volandas, lo tiró al ataúd y cerró la tapa. Entonces los seis hombres vinieron y se llevaron el ataúd.

- No puedo aprender a tener miedo. - dijo el muchacho - Nunca en mi vida aprenderé. -

Un hombre más alto que los demás entró y tenía un aspecto terrible. Era viejo y tenía una larga barba blanca.

- Pobre diablo,- gritó el viejo - pronto sabrás lo que es tener miedo, porque vas a morir.-

- No tan deprisa, . respondió el muchacho - que yo tendré algo que decir en eso de que voy a morir.-

- Pronto acabaré contigo.- dijo el demonio.

- Tómatelo con calma y no digas bravuconadas que soy tan fuerte como tú o quizá más. -

- Lo comprobaremos. - dijo el viejo - Si eres más fuerte, te dejaré ir. Ven y lo comprobaremos.-

Lo condujo a través de oscuros pasajes hasta una forja, allí el viejo cogió una enorme hacha y de un tajo partió un yunque en dos.

- Puedo mejorarlo. - dijo el muchacho y se fue a otro yunque. El viejo se acercó para observar con la barba colgando. El joven levantó el hacha, partió el yunque de un tajo y en el camino cortó la barba del viejo.

- Te he vencido. - dijo el joven - ahora te toca morir a ti.- Y con una barra de hierro golpeó al viejo hasta que empezó a llorar y a pedirle que parara, que si lo hacía le daría grandes riquezas.

El joven soltó la barra de hierro y le dejó libre. El viejo lo condujo de nuevo al castillo y en un sótano le mostró tres cofres llenos de oro.

- De todo esto, - dijo el viejo - uno es para los pobres, otro es para el rey y el tercero es para ti.-

Entretanto dieron las doce y el espíritu desapareció y el joven se quedó a oscuras.

- Creo que podré encontrar las salida. - dijo el joven. Y tanteando consiguió encontrar el camino hasta la sala donde estaba el fuego y durmió junto a él.

A la mañana siguiente el rey fue a verle y le dijo: - Ya tienes que haber aprendido lo que es tener miedo. -

- No, - contestó - vino un muerto y un hombre con barba me enseño un montón de dinero abajo, pero nadie me ha dicho lo que es tener miedo. -

- Entonces, - dijo el rey - has salvado el castillo y te casarás con mi hija. -

- Todo eso está muy bien, - dijo el joven - pero sigo sin saber lo que es tener miedo.-

Se repartió el oro y se celebró la boda. Pero por mucho que quisiese a su esposa y por muy feliz que fuese el joven rey siempre decía: - si pudiera tener miedo, si pudiera tener miedo... -



Eso acabó por enfadar a su esposa: "Encontraré una cura, aprenderá a tener miedo."

Fue al río que atravesaba el jardín y se trajo un cubo lleno de gobios. Por la noche, cuando el joven rey estaba dormido, su esposa le quitó las sábanas y le vació encima el cubo lleno de agua fría con los gobios, de manera que los pececitos se pusieron a dar saltos sobre él. El se despertó y gritó: - ¡Qué susto! , ahora sé lo que es asustarse. -

La niña Maria


Cerca de un enorme bosque vivía un leñador con su mujer. Tenia solamente una hija, una niña de tres años. Pero eran tan pobres, que no tenian para comer diariamente y no sabian que podian darle a la niña. Un buen dia se fue el leñador, se fue a trabajar al bosque, y, mientras estaba partiendo leña, llena la cabeza de preocupaciones, apareciósele de pronto una dama hermosísima; en su cabeza brillaba una corona de refulgentes estrellas. Le dijo:

- Soy la Virgen María, Madre del Niño Jesús. Eres pobre y necesitado, tráeme a tu pequeña; me la llevaré conmigo; seré su madre y la cuidaré.

El leñador obedeció; fue a buscar a su hija y la entregó a la Virgen María, la cual se volvió al cielo con ella. La niña lo pasaba de perlas: para comer, mazapán; para beber, leche dulce; sus vestidos eran de oro, y los angelitos jugaban con ella. Cuando tuvo catorce años, llamóla un día la Virgen y le dijo:

- Hija mía, he de salir de viaje, un viaje muy largo; ahí tienes las llaves de las trece puertas del Cielo; tú me las guardarás. Puedes abrir doce y contemplar las maravillas que encierran; pero la puerta número trece, que es la de esta llavecita, no debes abrirla. ¡Guárdate de hacerlo, pues la desgracia caería sobre ti!

La muchacha prometió ser obediente, y, cuando la Virgen hubo partido, comenzó a visitar los aposentos del reino de los Cielos. Cada día abría una puerta distinta, hasta que hubo dado la vuelta a las doce. En cada estancia había un apóstol rodeado de una brillante aureola.

La niña no había visto en su vida cosa tan magnífica y preciosa. No cabía en sí de contento, y los angelitos que siempre la acompañaban, compartían su placer. Pero he aquí que ya sólo quedaba la puerta prohibida, y la niña, con unas ganas locas de saber lo que había detrás, dijo a los angelitos:

- No voy a abrirla de par en par, y tampoco quiero entrar dentro; sólo la entreabriré un poquitín para que podamos mirar por la rendija.

- ¡Oh, no! -exclamaron los ángeles-. Sería un pecado. La Virgen María lo ha prohibido, y podría ocurrirse una desgracia.

La chiquilla guardó silencio, pero en su corazón no se acalló la curiosidad, que la roía y atormentaba, sin darle punto de reposo. Cuando los angelitos se hubieron retirado, pensó ella: «Ahora que estoy sola, podría echar una miradita; nadie lo sabrá». Fue a buscar la llave; cuando la tuvo en la mano, la metió en el ojo de la cerradura y le dio vuelta. Se abrió la puerta bruscamente y apareció la Santísima Trinidad, sentada entre fuego y un vivísimo resplandor. La niña quedóse un momento embelesada, contemplando con asombro aquella gloria; luego tocó ligeramente el brillo con el dedo, y éste le quedó todo dorado. Entonces sintió que se le encogía el corazón, cerró la puerta de un golpe y escapó corriendo. Pero aquella angustia no la abandonaba, y el corazón le latía muy fuerte, como si ya nunca quisiera calmársele. Además, el oro se le había pegado al dedo, y de nada servía lavarlo y frotarlo.

Al cabo de poco, regresó la Virgen María. Llamó a la muchacha y le pidió las llaves del Cielo. Al alargarle la niña el manojo de llaves, la Virgen miróla a los ojos y le preguntó:

- ¿No habrás abierto la puerta número trece?

- No -respondió la muchacha.

La Virgen le puso la mano sobre el corazón; sintió cuán fuerte le palpitaba, y comprendió que la niña había faltado a su mandato.

Todavía le volvió a preguntar:

- ¿De veras, no lo has hecho?

- No -repitió la niña.

La Virgen vio luego el dedo, que había quedado dorado al tocar el fuego celeste, y ya no dudó que la muchacha había pecado; y le preguntó por tercera vez:

- ¿No lo has hecho?

- No -insistió la niña, tozuda.

Entonces dijo la Virgen María:

- No obedeciste, y encima has mentido: no eres digna de estar en el Cielo.

La muchacha quedó sumida en profundo sueño, y cuando despertó, se encontró en la Tierra, en medio de una selva. Quiso gritar, pero no pudo articular ningún sonido. Se puso en pie de un brinco y trató de huir; mas por dondequiera que se volvía encontraba espesos setos de espinas, que le cerraban el paso. En aquella soledad en que estaba aprisionada, levantábase un viejo árbol: su tronco hueco tuvo que ser su morada. En él se metía al cerrar la noche, y en él dormía; y allí se cobijaba también en tiempo de lluvia o tempestad. Pero era una vida miserable, y cada vez que pensaba en lo bien que estuvo en el Cielo, jugando con los ángeles, se echaba a llorar con amargura. Raíces y frutos silvestres eran su único alimento; los buscaba hasta donde podía llegar. En otoño recogió las nueces las hojas caídas del árbol, y las llevó a su tronco hueco; las nueces fueron su comida durante todo el invierno, y cuando llegaron las nieves y los hielos, cubrióse con las hojas, como un animalito, para no morir de frío. No tardaron en rompérsele los vestidos, que le caían en andrajos. En cuanto el sol volvía a calentar, salía ella de su escondrijo y se sentaba al pie del árbol, y los cabellos, larguísimos, la cubrían toda, como un manto.

De este modo fueron pasando los años, uno tras otro, y no había amargura ni miseria que no sintiese.

Un día de primavera, cuando ya los árboles se habían vuelto a vestir de verde, el rey del país salió a cazar al bosque.

Un ciervo que perseguía, fue a refugiarse entre la maleza que rodeaba el claro donde estaba la muchacha, y el Rey se apeó del caballo y, con la espada, se abrió camino por entre los espinos. Cuando, por fin, hubo atravesado los zarzales, descubrió, sentada bajo el árbol, a una joven hermosísima, cuyo cabello, que parecía de oro, la cubría hasta las puntas de los pies. El Rey se detuvo, mudo de asombró, y, al cabo de unos momentos, le dijo:

- ¿Quién eres? ¿Cómo estás en un lugar tan solitario?

Pero no obtuvo respuesta, pues la joven no podía despegar los labios. El rey siguió preguntando:

- ¿Quieres venirte conmigo a palacio? -a lo que ella contestó con un ligero gesto afirmativo de la cabeza.

El Rey la cogió en brazos, la puso sobre el caballo y emprendió el regreso. Cuando llegó al palacio, mandó que la vistieran con las ropas más lindas, y le dio de todo en abundancia. Aunque no podía hablar, era tan bella y tan graciosa, que el Rey se enamoró y, poco después, se casó con ella.

Habría transcurrido cosa de un año cuando la Reina dio a luz a un hijo. Pero he aquí que por la noche, estando la madre sola en la cama con el pequeño, apareciósele la Virgen María y le dijo:

- ¿Quieres confesar la verdad y reconocer que abriste la puerta prohibida? Si lo haces, abriré tu boca y te devolveré la palabra, pero si te obstinas en el pecado y porfías en negar, me llevaré a tu hijito.

La reina recobró la palabra por un momento; pero, terca que terca, dijo:

- No, no abrí la puerta prohibida.

Entonces la Virgen le cogió de los brazos al reciennacido y desapareció con él.
A la mañana siguiente, como el pequeñuelo no apareciera por ninguna parte, cundió entre la gente el rumor de que la Reina comía carne humana y había devorado a su hijo. Ella lo oía sin poder justificarse; pero el Rey la quería tanto, que se negó a creerlo.

Al cabo de otro año, la Reina trajo al mundo a otro hijo. Por la noche volvió a aparecérsele la Virgen y le dijo:

- Si confiesas que abriste la puerta prohibida, te devolveré a tu hijo y te desataré la lengua, pero si sigues obstinándote en el pecado y la mentira, me llevaré también a tu segundo hijo.

Y repitió la Reina:

- No, no abrí la puerta prohibida.

Y la Virgen le quitó el niño de los brazos y se volvió al Cielo.

Por la mañana, al ver la gente que también este niño había desaparecido, ya no se recató de decir en voz alta que la Reina lo había devorado, y los consejeros del Rey pidieron que fuese sometida a juicio. Pero el Rey la amaba tanto, que no quería prestar oídos a nadie, y ordenó a sus consejeros, bajo pena de muerte, que no hablasen más del caso.

Pasó otro año, y la Reina dio a luz a una hermosa niña. Por tercera vez apareciósele la Virgen María, y le dijo:

- ¡Sígueme!

Y, cogiéndola de la mano, la condujo al Cielo, donde le mostró a sus dos hijos mayores, que estaban riendo y jugando con la bola del mundo. Viendo cómo se holgaba la Reina de verlos tan dichosos, la Virgen le dijo:

- ¿No se ablanda aún tu corazón? Si confiesas que abriste la puerta prohibida, te devolveré a tus hijitos.

Pero la Reina respondió por tercera vez:

- No, no abrí la puerta prohibida.

Entonces la Virgen la envió nuevamente la Tierra y le quitó la niña recién nacida. Por la mañana todo el pueblo prorrumpió en gritos:

- ¡La Reina come carne humana, hay que condenarla a muerte!

El Rey ya no pudo acallar a sus consejeros. La hicieron comparecer ante un tribunal, y, como no podía contestar ni defenderse, fue condenada a morir en la hoguera. Apilaron la leña, y cuando ya estaba atada al poste y las llamas comenzaban a alzarse a su alrededor, se derritió el duro hielo del orgullo, y el arrepentimiento entró en su corazón; y pensó:

- ¡Si antes de morir pudiera confesar que abrí aquella puerta!

En aquel momento le volvió el habla, y entonces gritó con todas sus fuerzas:

- ¡Sí, María, sí que lo hice!

Y en aquel mismo instante, el cielo envió lluvia a la tierra y apagó la hoguera; se hizo una luz radiante a su alrededor, y se vio descender a la Virgen María, llevando a los dos niños, uno a cada lado, y a la niña recién nacida en brazos. Dirigiéndose a la madre con acento bondadoso, le dijo:

- Aquel que se arrepiente de sus pecados y los confiesa, merece ser perdonado.

Restituyéndole a sus tres hijos, le desató la lengua y le dio felicidad para todo el resto de su vida.

lunes, 9 de agosto de 2010

El gato y el ratón, socios



El gato y el ratón, socios

Un gato conoció a un ratón y le habló tanto del gran cariño y la amistad que sentía hacia él que al final el ratón aceptó ir a vivir con él a una casa y administrarla conjuntamente.

-Pero para el invierno habrá que adoptar las precauciones necesarias; sino pasaremos hambre- dijo el gato. -Tú ratoncito, no puedes aventurarte de aquí para allá, pues al final me caerás en una trampa.

Se respetó el buen consejo y se compraron una ollita con manteca. Sin embargo, no sabían dónde ponerla. Después de una larga reflexión, el gato habló así:

-No conozco un lugar mejor donde pueda estar guardada que en la iglesia; allí nadie se atreve a robar nada. La colocaremos bajo el altar y no la tocaremos hasta que tengamos necesidad.

Pusieron a buen recado la ollita pero no pasó mucho tiempo sin que el gato le entraran ganas de ella y le dijo al ratón:

-Mira, ratoncito, una prima mía me ha pedido que sea padrino; ha traído un niñito al mundo, blanco con manchas marrones, y le tengo que sacar de pila. Déjame salir hoy y cuida de la casa tú solo.

-Sí, naturalmente- contestó el ratón. -Por Dios si comes algo bueno piensa en mí; de buen grado me gustaría beber del rico vino dulce del bautizo.

No había en ello nada de verdad, el gato no tenía ninguna prima y tampoco le habían pedido que fuera padrino de nadie. Se fue derecho a la iglesia, se deslizó hasta la ollita de manteca, empezó a lamer y lamer, y le quito la primera capa grasienta. Luego fue a dar un paseo por todos los tejados de la ciudad aprovechando la ocasión, y después se estiró al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que pensaba en la escudilla de manteca. Hasta que no se hizo de noche no regresó a casa.

-Hombre, ya estás aquí otra vez- dijo el ratón. -Seguro que has tenido un día divertido.

-Sí, ha transcurrido agradablemente- contestó el gato

-¿Y qué nombre han puesto al niño?- dijo el ratón.

-”Empezado”- contestó el gato con sequedad.

-¡”Empezado”!- exclamó el ratón. -Sí que es un nombre extraño y raro: ¿es corriente en vuestra familia?

-¿Qué hay de malo en ello?- dijo el gato. -No es mucho más feo que “ladrón de migajas”, como se llaman tus padrinos.

No mucho tiempo después volvió el gato a sentir apetito.
-Tienes que hacerme un favor y cuidar otra vez de la casa solo; me han pedido por segunda vez que haga de padrino, y ya que el niño tiene una franja blanca alrededor del cuello, no puedo negarme.

El buen ratón se lo permitió, pero el gato se deslizó por detrás del muro de la ciudad en dirección a la iglesia y se zampó la mitad de la olla de manteca.

No sabe nada mejor- se dijo. -Que cuando se lo come uno solo.

Y se encontró feliz con lo que había hecho en el día. Cuando regresó a casa le interrogó el ratón.

-¿Cómo se ha bautizado a este niño?

-”Mediado”- contestó el gato.

-¡”Mediado”! ¿Pero qué dices? Ese nombre no lo he oído yo en toda mi vida, te apuesto a que no está en el santoral.

Al gato pronto se le hizo agua la boca y le apeteció volver a lamer.

-No hay dos sin tres- le dijo al ratón. -Otra vez tengo que hacer de padrino, el niño es totalmente negro, tiene solamente las patas blancas, y ningún pelo blanco en el cuerpo, y eso solamente pasa cada dos años. ¿Me dejas salir, no?

-”Empezado”, “Mediado”...- contestó el ratón. -Son unos nombres tan curiosos que me dan qué pensar.

-Claro, tú estás todo el día sentado en casa con tu sayal gris oscuro y tu larga trenza- dijo el gato, -Y te dedicas a coger grillos; eso pasa cuando no se sale de día a la calle.

El ratón, en ausencia del gato, limpió y puso toda la casa en orden; el goloso gato se tragó entera la olla de manteca.

Solamente cuando se ha terminado toda, se está tranquilo”, se dijo a sí mismo, y no regresó a la casa, saciado y gordo, hasta la noche. El ratón inquirió rápidamente el nombre que había recibido el tercer niño.

-No te va a gustar tampoco- contesto el gato. -Se llama “Acabado”.

-¿”Acabado”?- dijo el ratón. -Ese es el nombre que más me da qué pensar, no lo he visto escrito en toda mi vida... ¿”Acabado”? ¿Qué querrá decir todo esto?

Movió la cabeza, se enrolló y se puso a dormir.

A partir de ese momento nadie quiso ya que el gato apadrinara a nadie, pero cuando llegó el invierno y afuera no se encontraba nada, el ratón se acordó de sus provisiones y dijo:

-Gato, ven, vamos a buscar la olla de manteca que nos hemos reservado, verás qué bien nos sabe.

-Desde luego- dijo el gato. -Te va a gustar lo mismo que si sacas tu fina lengua por la ventana.

Se pusieron en camino y, cuando llegaron, la olla de manteca estaba en su sitio, pero totalmente vacía.

-Ah, ahora me doy cuenta- dijo el ratón. -De lo que ha pasado. Eres como para fiarse de ti. Ahora todo está claro, te lo has zampado cuando has ido a hacer de padrino: Primero “Empezado”, luego”Mediado” y luego...

-¿Te quieres callar?- chilló el gato. -Di una sola palabra más y te devoro.

El ratón tenía “Acabado” todavía en la punta de la lengua y apenas lo había pronunciado, cuando el gato dio un brinco hacia él, lo pescó y se lo engulló. ¿Ves? Así es la vida.

El rey sapo o Enrique el Ferreo


El rey sapo, o Enrique el Férreo.

En aquellos tiempos pasados, en los que el desear todavía servía para algo, vivía un rey cuyas hijas eran todas muy hermosas, pero la pequeña era tan hermosa, que el mismo sol, que ya ha visto tantas cosas, se maravillaba cada vez que le daba en la cara. Cerca del palacio del rey había un gran bosque sombrío, y en el bosque, bajo un viejo tilo, había un pozo. Cuando de día hacia mucho calor, la hija del rey iba al bosque y se sentaba en el brocal del pozo fresquito. Cuando se aburría, cogía una bola de oro, la echaba a lo alto y la volvía a coger. Este era su juguete preferido.

Un día aconteció que la bola de oro no le cayo a la hija del rey en su manita, que ella mantenía en alto, sino que paso por su lado cayendo en tierra y rodando hasta el agua. La hija del rey la siguió con la mirada, pero la bola desapareció, y el pozo era tan profundo, tan profundo que no se veía el fondo. Entonces empezó a llorar y lloraba cada vez con mas fuerza, y sin consuelo. Y mientras se lamentaba de esta manera, alguien la llamó:

-¿Qué te pasa, hija del rey, que gritas de tal manera que hasta una piedra sentiría lastima?

Ella se volvió hacia donde procedía la voy vio un sapo que sacaba su cuerpo gordo y feo del agua:

-Ah, eres tu, viejo chapoteador- dijo ella. -Lloro por mi bola de oro, que se me ha caído al agua.

-Tranquilizate y no llores- contestó el sapo. -Yo puedo encontrar remedio, ¿pero qué me darás si te traigo nuevamente tu juguete?

-¿Qué quieres tener, querido sapo?- dijo ella. -¿Mis trajes, mis perlas, mis piedras preciosas, incluso la corona de oro que llevo puesta?

El sapo respondió:

-No me gustan tus trajes, ni tus perlas, ni tus piedras preciosas, ni tu corona de oro, pero si me prometes tratarme con cariño, dejarme ser tu amigo y compañero de juegos y sentarme en tu mesita contigo, comer en tu platito de oro, beber en tu vasito y dormir en tu camita; si me lo prometes, bajaré y te subiré de nuevo la bola de oro.

-Huy sí- dijo ella. -Te prometo todo lo que quieras si me traes de nuevo la bola.

Sin embargo, ella pensaba:

<<¡Lo que chacharea este sapo simplón! El está en el agua con sus semejantes y no puede ser compañero de ningún ser humano.>>

El sapo, en cuanto recibió la respuesta afirmativa, sumergió su cabeza, se hundió y después de un rato volvió nadando hasta la superficie llevando la bola en la boca, y la tiró en la hierba. La hija del rey dio saltos de alegría cuando diviso de nuevo su precioso juguete, lo cogió y salio corriendo de allí.

-Espera, espera- gritó el sapo. -Llévame contigo, no puedo correr como tú.

Pero, ¿de qué le sirvió ir gritando todo lo fuerte que podía su croac croac detrás de ella? La princesa no se detuvo, se fue presurosa a casa y pronto olvidó al pobre sapo, que tuvo que volver a su pozo.

Al día siguiente, en el momento en que ella, con el rey y todos los cortesanos, se había sentado a la mesa y comía en su platito de oro, algo subió arrastrándose, chap, chap, chap, por la escalera de mármol y cuando hubo llegado arriba llamó a la puerta y gritó:

-Hija del rey, la mas pequeña, ábreme.

Ella corrió y quiso ver quién había fuera. Cuando abrió se encontró con el sapo sentado. Entonces cerró de golpe la puerta, se sentó nuevamente a la mesa y estaba muerta de miedo. El rey pudo darse buena cuenta de que el corazón le palpitaba violentamente y dijo:

-¿De quién tienes miedo, hija mía? ¿Hay acaso algún gigante en la puerta que quiera llevarte consigo?

-Oh no- respondió ella. -No es un gigante, sino un sapo repulsivo.

-¿Y qué quiere el sapo de ti?

-Ay, papá querido, cuando ayer estaba en el bosque sentada, jugando al lado del pozo, se me cayó la bola de oro al agua. Y como lloraba de tal manera, me la trajo de nuevo el sapo, y como él quería a toda costa ser mi compañero, le prometí que lo seria, pero yo no pensaba que él volvería a salir del agua, ahora esta afuera y quiere venir conmigo.

En ese momento llamó por segunda vez y gritó:

-Hija del rey, la más pequeña, ábreme. ¿No te acuerdas de lo que me dijiste ayer, al lado de la fresca agua del pozo? Hija del rey, la más pequeña, ábreme.

Entonces dijo el rey:

-Lo que has prometido, tienes que cumplirlo; ve y ábrele.

Fue y abrió la puerta, el sapo entró saltando y la siguió hasta su silla. Allí se paró y gritó:

-Súbeme hasta ti.

Ella titubeó, hasta que el rey se lo ordenó. Cuando el sapo estuvo en la silla, quiso subirse a la mesa y, cuando estuvo sentado en ella, dijo:

-Ahora acércame tu platito de oro para que comamos juntos.

Lo hizo, desde luego, pero se podía ver que no lo hacía con gusto... El sapo comió con apetito, pero ella no pudo probar bocado. Finalmente, dijo e sapo:

-Ya me he saciado y estoy cansado, llévame a tu cuartido y preparame tu camita de seda, que nos vamos a acostar.

La hija del rey comenzó a llorar y tuvo miedo del frío sapo, al que no se atrevía a tocar y que ahora debería dormir con ella en su hermosa camita limpia. El rey, sin embargo, se puso furioso y dijo:

-No desprecies jamás al que te ha ayudado cuando lo necesitabas.

Entonces ella lo agarró con dos dedos, lo subió y lo puso en una esquina, pero cuando ella estaba ya en la cama, llego arrastrándose y dijo:

-Estoy cansado, quiero dormir tan bien como tú, subeme o se lo digo a tu padre.
Ella se puso entonces furiosisima, lo subió y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la pared.

-Ahora ya estarás tranquilo, sapo asqueroso.

Pero cuando cayó al suelo ya no era un sapo, sino el hijo de un rey con bellos y amables ojos. El erra, según el deseo de su padre, su amado camarada y esposo. Le contó que había sido embrujado por una bruja perversa y nadie más que ella lo hubiera podido liberar de la fuente y a la mañana siguiente se irían a su reino. Se durmieron luego a la mañana siguiente, cuando el sol los despertó, llegó un carruaje tirado por ocho caballos blancos, que llevaban plumas blancas de avestruz en la cabeza y cadenas doradas, y detrás iba el servidor del joven rey, que era el fiel Enrique. El fiel Enrique había sentido tanta pena cuando su señor fue transformado en sapo, que se había colocado tres cadenas de hierro alrededor del corazón para que éste no le saltara de dolor y tristeza. El carruaje tenía, sin embargo, que llevarlo al reino: el fiel Enrique les ayudó a montar, se colocó detrás y estaba loco de agría por el desencantamiento. Cuando llevaban un rato viajando oyó el hijo del rey que detrás de él algo hacia ruido como si se hubiera roto. Se volvió y gritó:

-Enrique, el coche se parte.

-No, señor, el coche no; es una de las cadenas de mi corazón, que estaba dolorido cuando vos estabais en el pozo, cuando erais sapo.

Una y otra vez se oyó estallar algo en el camino. El hijo del rey pensaba siempre que se partiría el coche y no eran más que las cadenas que saltaban del corazón del fiel Enrique, porque su señor estaba liberado y era feliz.
En este mundo al igual que en todos otros que puedas imaginar existe tanto el bien como el mal, la luz y la oscuridad, pero lo que deverdad no varia esque en todos aquello siempre habra una linea divisoria "las sombras" ya que en toda luz habra sombra y en toda oscuridad igual, y en ese preciso sitio es donde habito.

Sin mas te digo: elige un bando, que yo, ya lo he elegido: el punto de union es mi mundo... la sombra es mi hogar... y nadie me podra llevar hacia un lado en concreto soy neutral e inparcial.

Tu sabras que eliges pero mi mundo es dificil de soportar y no todos son capaces de habitar en el asi que :

Escoge bien.

Las sombras mi mundo y mi tranquilidad.

Eriel